El jueves me iba a ir de cacería por la mañana, pero vi sobre las 23:00 horas que había una niebla tan grande que no se veía a tres manzanas. Con lo cual me fui con los colegas de trabajo a tomar unas birras.
A la mañana siguiente me desperté sobre las 12, me levanté, y me fui de cacería. Llegué al coto. Vino conmigo una amiga. Por eso llegué algo más tarde de lo planeado. Pensé que llegaba muy tarde para tirar los pájaros buenos y que ya habían pasado, no fue así y al final maté 6 en nada de tiempo. Cuando buscaba uno que no sabía muy bien dónde había caído le preguntaba a mi amiga – ¿Lo has visto caer? – a lo que me contesta – No, estaba con los oídos tapado y los ojos cerrados.- Así que no me sirvió de mucha ayuda para buscarlos. Como el monte era un poco empinado para subir, de vez en cuando miraba para atrás y le veía una carita de “me quiero caer muerta 7 veces seguidas antes de dar un paso más”, pero fue buena porque no se movió en el puesto, cosa muy importante, porque los pájaros tienen buena vista y cuando ve algo raro se dan media vuelta. Además me hizo un bocata de chorizo. Ummm.
Viernes por la noche: Al salir del trabajo y decidido a irme al coto, fui a casa a recoger las cosas y cambiarme de ropa. Una vez en la carretera empezó a llover progresivamente más fuerte hasta que la visibilidad por la noche y el agua era casi nula. Llegué a reducir la velocidad a 70 km/h. Quité la radio para escuchar la lluvia caer, siempre me gusta hacer eso cuando voy solo en el coche. Observé que las gotas eran muy blancas, saqué la mano y me di cuenta que estaba granizando, se llevó así la mayor parte del camino.
Llegué y me comí el bocata que me hice en casa y me acosté.
A la mañana siguiente hacía frío. No desayuné, pero cogí una naranja por si me entraba hambre a media mañana. No sabía en qué puesto me iba a poner, al final opté en ponerme en el puesto más alto del coto, donde hay que subir un trecho de unos 20 minutos, y no es que sea muy largo el monte, es que la cuesta es tan empinada que los pasos que se dan son cortos, el peso de la escopeta, el peso del zurrón con los cartuchos y el banquito y el chaleco de caza y la ropa que me forra como una cebolla casi hace imposible dar 10 pasos seguidos sin parar a recuperar el aliento.
Me puse en el puesto con calor a pesar del frío, me quité el primer abrigo y el pasamontaña, pronto me lo tuve que poner de nuevo. Los primeros pájaros pasaron altos, los fallé, tuve que afinar la puntería. Maté el primero, se me quedó enganchado en un árbol, un escalofrío me recorrió el cuerpo, aún me acuerdo cuando estuve buscando un zorzal en un árbol toda la mañana, pero ésta vez estuve unos ocho minutos alrededor de un árbol. Lo vi muerto en la copa de un olivo. Empecé a tirar piedras, a la tercera cayó un poco y cogiendo otra rama le di tirones y al final lo pude cobrar.
Maté otro más que se me volvió a quedar enganchado, fui corriendo, estuve dando vueltas alrededor del árbol mirando para arriba, al darle unas 5 ó 6 escuché un “piiii” miré para mis pies y había pisado el pájaro que aún estaba vivo. Cuando llegué al puesto me pasó otro por la derecha, cuesta arriba, le di. Vi la caída, pero cuando llegué al sitio no lo encontré, me pasó otro y lo tiré, lo herí. Fui a buscarlo, cuando el pájaro vio que me acercaba, empezó a correr hacia un muro de piedras que separan las fincas, le pegué otro tiro, pero la maleza se comió el tiro. Sólo me quedaba un cartucho. El zorzal salió volando para abajo y le disparé. No le di. Fui a buscarlo corriendo para ver si lo podía coger a la carrera, pero sorpresa para mí, le había dado, estaba muerto. Fui a buscar el anterior y buscando ese maté otro. Al final lo encontré un poco más arriba de donde lo buscaba. Poco tiempo después maté otro, se me quedó enganchado en otro árbol. Pensé que era el día de los pájaros enganchados. Al final maté 11. No quiero cerrar la mañana del sábado sin reseñar que maté otro más, cayó al lado de mi puesto. Estaba muerto, pero cayó en medio de un zarzal, vi las plumas pero no el zorzal, estuve como media hora buscando. No lo encontré.
Herí uno más, pero no lo encontré al bajar.
Comí al medio día un chorizo pinchado en un palo y asado en la leña de la fogata que hizo mi padre, regado con mi bota de vino y de plato fuerte gambón a la plancha.
A las 3:30 estaba en el puesto. Mi padre había tirado poco por la mañana, así que le dije que se pusiera en el puesto donde yo me pongo normalmente. Yo me puse un poco más abajo. Sólo maté uno, el que me entró en toda la tarde. Mi padre tiró un bando de estorninos, sólo vio el primero, pero detrás venían más. Lo hirió, se dirigió hacia mi puesto, fallé en el primer tiro, en el segundo lo dejé caer.
El día había estado soleado, sin nubes. Sobre las 19:00 horas se hizo de noche, y empezó a soplar un aire frío, fuerte, muy desagradable. Hacía tanto frío que forrado con toda la ropa que tenía y al lado de la candela y no entraba en calor.
Cuando me metí en el saco de dormir me eché una manta militar que parecía no estar ahí del frío que pasé. Mi pasamontañas y la candela dentro del cuartillo, pero no entraba en calor. A las 3:30 me entraron ganas de hacer pis, y salí (ya tenía ganas de mear para salir del saco y salir a la calle) estaba todo despejado, la atmósfera estaba limpia, se veía todas las estrellas de la Vía Láctea, El Cinturón de Orión, La Osa Menor, Marte, la constelación de las Leónidas y un sin fin de estrellas. Hacía un frío del carajo. No me percaté pero el cuervo el sábado voló bajo y se dice que “cuando el cuervo vuelva bajo hace un frío del carajo”.
A la mañana siguiente tomé café con leche para que se me quitara el frío. Decidí ir al puesto de ayer. En el camino hay varias cancelas de hierro que al contacto con las manos casi se me quedaba la piel pegada a los barrotes. Las manos empezaron dolerme como si las hubiera metido en el congelador. Se me pusieron los dedos morados. Hoy en día aprietos los dedos y me duelen quemados el frío. Y los guantes en casa calentitos. Subiendo el monte me di cuenta que había plumas en el suelo, al lado de una zarza, ahí había caído herido el de ayer, y se lo habían comido los zorros.
Una vez en el puesto me di cuenta que la tierra de toda la montaña estaba congelada, había hielo, no nieve, hielo en forma de fideos. Las piedras estaban pegadas al suelo porque el agua de los días anteriores se había congelado y hacía de pegamento entre piedras y tierra. Y la tierra estaba dura, pues el fango estaba congelado. Cuando llegué arriba no tenía calor, no me quité nada como el día anterior y tenía las manos doloridas.
El primer pájaro que maté se fue herido. El segundo cayó detrás del zarzal el cual se me perdió un pájaro el día anterior. Fui a buscarlo, me salté valla de piedras y pinchos. Estuve buscando como una media hora, pero no lo encontré. Una vez en el puesto maté otro, que cayó al lado. Maté otro que cayó donde se me perdió el anterior, no fui a buscarlo, pero fue a revisar a ver si encontraba el primero. Después de muchas vueltas vi las plumas en el suelo y una gota de sangre, mucha para ser un pájaro, seguí el reguero de plumas hacia el interior de la valla de piedras y vi que se adentraba al centro del zarzal. Lo di por perdido.
Al final de la mañana maté 4. Bajando del monte me paré al lado de una encina para coger bellotas. Sobre la una del medio día estaba comiendo un plato de garbanzos. Me dormí la siesta, mi padre me despertó para ir de caza, pero pasaba de levantarme. Había pasado mala noche. Él se fue, pero yo me quedé acostado. Media hora después fui a una llanura en busca de perdices y una liebre que anda por ahí. No salieron, al final no maté nada, pues nada me entró a tiro. Me fui a Sevilla temprano, salí del coto sobre las 17:00 horas que es más o menos cuando entra el pájaro en esa parte pues tenía que ir a llevar a mis sobrinos al pueblo.
Cuando llegué a mi casa me di cuenta de tres cosas: Que olía a humo como nunca antes. Que tenía las barbas de papá pitufo y que tenía un casco por pelos de lo largo que lo tengo.
La naranja no me la llegué a comer, aún está en el bolsillo del chaleco de los cartuchos.